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Crónica; Malú regresa al festival Cap Roig bajo el lema ‘donde fueres, haz lo que vieres’

El día del eclipse cené en el puerto de Llafranc a unos pocos kilómetros del festival de Cap Roig, al lado teníamos a cuatro mujeres de unos 50 años. Cuando yo iba por la vigésima coquina una de ellas elevó la voz por encima del resto, como si ella llevase la vigésima agua con misterio; “¡Y mañana a ver a la Malú!”. 

No pude evitar sonreír cuando a alguien a quien acostumbras a ver en el Palacio de Deportes de Madrid, (perdónenme pero le han cambiado tantas veces el nombre que no sé porque matricula van), de repente la ves jugar fuera de casa y escuchas a gente en lugares recónditos emocionarse. Fue una sensación como de madre con sus cachorros. Porque, estarán de acuerdo, hay voces que te acunan toda una vida. 

Han pasado los suficientes años desde la última vez que acudí como para que no recordara muchas cosas de esta cita estival que es ya un clásico de la Costa Brava, un lugar de peregrinaje para el veraneante distinguido. Tantos, que el día que me puse en contacto con ellos, amablemente me dijeron con un jeroglífico superior, que la persona por la que preguntaba ni estaba ni se la esperaba. 

Trámites aparte, quien haya acudido sabrá que es un festival idílico, con unas vistas al Mediterráneo que quien sepa detenerse sabrá valorar y con una acústica, la del eco del planeta, inmejorable. Un litoral que vibra al ritmo de los mejores cantantes. No es que me quiera extender en la ‘promosió’, afortunadamente no pertenezco a ese departamento, en el que, al año que viene, habrá que afinar las estrategias pero es que escuchar a Malú en un sitio así merece ser superlativa en la descripción. 

Ella hace unos cuantos que tampoco pisaba el famoso castillo neomedieval y eso le llevó a reflexionar durante la noche, de hecho fue uno de los momentos más emocionantes. Un spoiler sobre los miedos, que cuesta discernir de la persona que tienes delante, supongo que al fin y al cabo todos somos mortales. Media hora antes del arranque lucía en caftán, pero María Lucía, media hora en punto después lucía atuendo de recital. Como reloj de corte inglesa, como el mejor truco de magia; salía la mejor lluvia de perseidas. 

Con una identidad propia incomparable salió a demostrar por qué ‘Quince’, su último disco, es uno de los más importantes de su carrera y también porque sus clásicos están inscritos en la memoria colectiva. Sus canciones no solo mueven a generaciones, un público de edades diversas así lo demostraba sino que pone letra a lo que no se sabe expresar, melodía hasta lo inerte, al cielo mismo, invierte en lo intangible y lo hace comprensible.

Tiene pureza en el escenario, sobre todo cuando se acerca al piano, cuando se sienta y se encoge, cuando se agarra fuerte la ropa y mira al cielo en un atisbo de contención imposible de detener. También cuando se recorre el escenario de lado a lado buscando la complicidad de todo el que la escucha.

No quiero describir las canciones que cantó como una redacción de primaria para narrar tu feliz verano pero más de veinte temas se escucharon mientras los barcos fondeaban y las luces de la costa eran meros farolillos porque la luz que más brillaba enseguida supimos cuál era, un destello tan grande como la ovación que recibió, esa que le hizo llegar hasta la lágrima. 

Éxtasis en front stage por parte de los que habitan entre lo terrenal y lo celestial, gradas devotas… en definitiva, un público que se supo meter en el bolsillo con sus palabras desde la delicadeza y la verdad, un camino, este último, que no falla y que lo recorre cada vez que se sube al escenario. No hila temas como algoritmos, de hecho no encaja en el feed superficial, hace duende entre su gente y eso le basta para ser una artista permanente. No hubo Olimpiadas de conjuntos, no estaba la noche para pasar por boxes estilísticos, una humedad ampurdanesa de casi el 100%, en una de las noches más duras que recuerdan los oriundos, eso también la hizo artista. Está en las grandes ligas del pop y posee un setlist de leyenda. 

Prácticamente dos horas hiperactivas que confirmaron que hay instantes que se quedan suspendidos en el tiempo y una calidad vocal que rompe el aire que a los demás corta. Ella decidió que donde fueres, haz lo que vieres. Así que eclipsó a los presentes y convirtió una noche cualquiera de verano, en su propio fenómeno astronómico.

Images: José Irún, cortesía de Cap Roig Festival.

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