Acaba de empezar el rodaje de su nueva serie para Mediaset y Leonor Watling todavía está descubriendo a Virginia, la directora de instituto a la que da vida.
Sin embargo, ya habla de ella con la admiración de quien encuentra en un personaje preguntas que también se hace fuera de la ficción. Durante un descanso de la grabación, la actriz nos recibe con cercanía en un aula convertida por unos minutos en improvisada sala de entrevistas.
Entre risas y reflexiones, conversamos sobre la exposición pública, el peso de las redes sociales, los rodajes bajo el calor del verano y una historia que pone el foco no tanto en un vídeo íntimo filtrado, sino en la forma en que decidimos reaccionar cuando nuestra intimidad deja de pertenecernos.
Leonor, quiero que me introduzcas un poco a tu personaje
Leonor Watling: Yo también quiero (risas), porque empezamos a rodar ayer. Es curioso, porque haces la rueda de prensa de «¡empieza el rodaje!» cuando todavía estás conociendo al personaje. Yo tengo una idea previa de ella, pero luego empiezas a rodar y cambian un montón de cosas.
A grandes rasgos, y por lo que está en el guion y he hablado con Belén y Matías, es una mujer muy capaz. Es directora de un instituto y es lo que más le gusta en el mundo. Le encanta su trabajo, le encantan los chavales y tiene un proyecto muy bonito: abrir un espacio llamado Cabeza Alta, un instituto en el que no haya conexión. Un lugar donde no haya cobertura ni puedas grabar, para que los chavales puedan equivocarse, aprender, hacer el idiota y probar cosas. Ese es su gran objetivo. Está casada, tiene un hijo que estudia en ese mismo centro y, después, pasan cosas.
¿’Cabeza Alta’ lo tiene pensado antes del suceso?
Sí, ese es el proyecto desde el principio.
Pensaba que el nombre surgía precisamente después de lo que le ocurre, como una forma de evitar que le pasara a otra persona
No, no. Ella está presentando ese proyecto cuando le sucede algo que no sé si puedo contar.
Pero nos lo han contado, tranquila
¿Os lo han contado?.
Sí, sabemos que se filtra un vídeo sexual
Vale (respira con alivio al saber que puede hablar sin desvelar la trama). A mí este personaje me encanta. Es una gozada interpretarlo porque sé perfectamente lo que yo haría: esconderme debajo de una piedra durante 75 años, o más. No sé exactamente cómo reaccionaría, pero mi tendencia sería implosionar. Esta mujer, en cambio, responde con un: «¿Perdona?». Puede pensar que ha hecho algo mal o que eso afecte a la gente de su entorno más íntimo, pero, más allá de eso, tiene muy claro que no ha hecho nada malo y sigue adelante. No hace como si no hubiera pasado nada, porque le afecta. No es que no le importe, claro que le afecta, pero tiene muy claro, desde un punto de vista ético, dónde está y qué se le puede pedir y qué no a una persona. Y eso es muy bonito de interpretar.
¿Te has visto alguna vez en una situación, no igual de extrema, pero sí sintiéndote juzgada y observada?
Yo creo que no. Lo que pasa es que esto es muy curioso. Ha sido muy bonito encontrarnos Silvia, Lucía, Paz… Somos de la misma generación y hemos crecido juntas. Antes de las redes sociales teníamos una libertad enorme. Todos, vosotros también, lo veo. Antes nos pasaban cosas que eran muy difíciles de explicar a alguien que no fuera actor y también muy difíciles de compartir. Ahora, en cambio, es muy fácil porque le pasa a todo el mundo. El impacto de esa exposición puede ser horrible.
Mira la pareja que enfocaron en el concierto de Coldplay, por ejemplo. Eso tuvo un impacto mundial. No me lo puedo imaginar. Pero, en el fondo, a partir de cierto punto da igual que sea más grande o más pequeño. Lo que realmente te duele es tu entorno, tu barrio, tu pueblo. Que luego tenga una repercusión mundial… bueno, ya es otra cosa.
Lo que sí ocurre es que ahora todos podemos compartir esa experiencia gracias a las redes. Yo puedo decirte: «Jo…», y tú me entiendes porque quizá te ha pasado con un vídeo, con una foto o con un story después de haberle dicho a tu jefe que no estabas en Madrid. De repente, todos compartimos ese tipo de situaciones.
¿Qué tal ese primer día de rodaje? ¿Y el reencuentro con tus compañeras?
Muy bien, la verdad. Los ensayos también han ido muy bien. Y trabajar con Belén está siendo una gozada. Tenía muchísimas ganas.
Con Paz y con Lucía sí habías trabajado.
Bueno, con Silvia, sí. Con Silvia Abascal hice A mi madre le gustan las mujeres, pero hace ya un montón de años.
¿Crees que es un buen momento para una serie como esta? Parece que están volviendo las ficciones de toda la vida, las que se emiten en abierto.
Me da mucha curiosidad, la verdad. No lo sé. Además, esto son solo dos capítulos, así que tampoco es una serie al uso. Ojalá funcione. Yo creo que sí estamos en un momento de cierta saturación y que, cuando aparece algo que compartimos todos, nos gusta mucho. Por eso surgen fenómenos como Juego de tronos. En el fondo, echamos de menos esa experiencia de ver todos lo mismo y llegar al día siguiente al trabajo diciendo: «¿Has visto el capítulo de anoche?». Creo que esa conversación compartida la echamos mucho de menos.
Me han dicho que todos los rodajes son en exteriores. ¿Cómo se lleva, sobre todo con esta ola de calor?
(Risas). Pues yo estoy muy contenta de estar trabajando mucho, pero ya me han tocado dos rodajes en verano en Madrid y… ¡ostras! Nosotros lo pasamos mal, sobre todo por el vestuario. Sudas, el maquillaje hay que rehacerlo constantemente… Pero el equipo técnico lo pasa mucho peor. Da igual cuántos cubos de agua te eches por la cabeza, llega un momento en que ya no puedes más. Supongo que tendremos que cambiar algunas cosas. Igual que hay trabajos en los que, a partir de cierta temperatura, no se puede trabajar, imagino que llegará un momento en el que esto también tenga que regularse. Estuve rodando en Sevilla y pensaba: «Yo creo que esto es ilegal». Tiene que haber un límite, porque los actores tenemos un paraguas entre toma y toma, pero el equipo técnico está ahí sujetándolo, cargando material y trabajando sin parar. No sé qué acabará pasando (risas).

Hablabas antes de la cantidad de ficciones que existen y de que muchas tratan temas como las redes sociales o la exposición pública. ¿Qué ofrece esta serie de diferente? ¿Qué fue lo que te atrapó?
Hay muchas historias sobre este tema, pero a mí me encantó el guion porque lo importante no es tanto la premisa —que un vídeo íntimo se filtre puede no ser algo completamente original— como la reacción del personaje. Me gusta muchísimo lo que cuenta y cómo lo cuenta.
Al final somos animales que aprendemos imitando. Bigas Luna decía que las personas aprendimos a besarnos en el cine. Me parecía una frase muy bonita y, en cierta manera, creo que es verdad. Mi madre me decía: «Tu padre y yo no nos besábamos como se besaba la gente al principio». Aprendieron a hacerlo viendo películas.
Con esto pasa un poco lo mismo. También aprendemos qué se puede hacer, cómo reaccionar o cómo enfrentarnos a determinadas situaciones. Y eso es lo que más me gusta de esta serie.
Hay también una cierta responsabilidad, aunque no se trate de convertirse en un ejemplo.
No estamos operando a corazón abierto, pero sí hay una parte en la que piensas: «Ojalá haya alguien que vea esto y diga: «Me vale»». Pues con eso ya me doy por satisfecha.
En tus redes sociales, Leonor, ¿qué límites te marcas? ¿Hasta dónde decides enseñar y hasta dónde no?
No enseño casi nada, pero porque yo soy así. De pequeña también era muy reservada. Soy muy privada, un poco gato (risas). A mí me cuesta justamente lo contrario. Hay gente a la que le sale de forma completamente natural, y me parece estupendo. Mientras seas fiel a ti mismo, creo que todo está bien. Yo alguna vez lo he intentado. Me acuerdo de que, cuando estábamos grabando un disco en Los Ángeles, la discográfica me decía: «Tía, haz contenido». Solo la palabra ya me da la risa (risas), me suena como a frutería. Grabé algunos vídeos caminando por Los Ángeles o hablando a cámara, pero luego los veía y pensaba: «No puedo». Mientras los hacía me imaginaba que estaba hablando con un amigo, pero cuando los revisaba decía: «Esto no lo puedo subir, me muero de vergüenza». En cambio, luego me encanta ver vídeos de otra gente contando dónde están o qué hacen. Pero cuando me toca a mí pienso: «¿Pero qué haces, Mari Carmen?» (risas).
¿Alguna vez te has sentido presionada a tener una mayor exposición pública porque te hayan dicho que podía beneficiarte profesionalmente?
También depende de lo que tú quieras. Si decides ir por ese camino, es una opción profesional completamente legítima, con sus consecuencias.
Más que eso, me refiero a esa idea, tan extendida ahora, de que las redes sociales también son una especie de currículum. ¿Has sentido alguna vez que, por no estar más presente, podías perder oportunidades?
Es duro escuchar que están dudando entre otra actriz y tú —eso pasa más cuando estás empezando— y que van a elegir a la que tenga más seguidores. Pero es que eso también pasaba antes. Pregúntale a Paz, pregúntale a Lucía… Antes ocurría con las portadas de las revistas. Cuando yo hacía pruebas para películas extranjeras me pedían el dosier con todas las portadas en las que había aparecido. Es una forma de cuantificar algo que, en realidad, es incuantificable. Ahora tienen los seguidores, que tampoco son un indicador totalmente fiable. Puedes tener 300 millones de seguidores y que luego nadie pague una entrada para verte. Pero entiendo que un productor piense: «Entre dos actrices que me gustan mucho, quizá esta, que tiene más seguidores, me ayude un poco más». Antes ocurría exactamente igual con las portadas. Si eras más abierta con tu vida privada, salías más. Mientras luego tú estés bien contigo misma cuando llegas a casa por la noche… (risas).
También hay actores que prefieren no mostrar su vida precisamente para mantener cierto misterio y que el público los crea cuando interpretan un personaje. Otros, en cambio, comparten absolutamente todo, hasta la hamburguesa que se están comiendo.
Yo creo que eso es muy orgánico. Hay gente a la que le sale de forma natural.
Es una cuestión de actitud, ¿no?
Sí, yo creo que sí. A ellos les sale y a mí me cuesta. Bastante tengo ya con convencerte de que soy una directora de instituto como para darte mucha más información sobre mi vida. A mí, por ejemplo, ver a Anthony Hopkins bailando en su casa fue como: «No, Anthony. Tú no. No puedes» (risas). Piensas: «Tío, tocas el piano, eres Anthony Hopkins…». Luego, claro, es encantador y dices: «Bueno, pues le hará ilusión» (risas). Pero te juro que la primera vez que lo vi pensé: «No puede ser».
Ahora vas a sacar también el tema de la música clásica…
Bueno, es que es compositor. Ha compuesto cosas increíbles. Pero, aun así, a mí me choca (risas).
¿Cómo te enfrentarías tú a una situación como la que vive tu personaje?
Llorando muchísimo. Escondida debajo de una manta, llorando muy fuerte. No sé si tendría ese valor. De verdad que no lo sé. Además, las mujeres somos un blanco mucho más fácil. Socialmente se nos puede lapidar de una forma muchísimo más cómoda, sin moverte del sofá. A los hombres es bastante más difícil tumbarlos. Eso es muy interesante en la serie, porque el personaje es una mujer y la atacan precisamente por todos esos lugares en los que más puede dolerle a una mujer y que, probablemente, no tendrían el mismo efecto en un hombre. Lo que más me gusta de ella, que además es profesora de Filosofía, es que dice: «Vale, lo que hice quizá no fue muy brillante. Pero el otro no tiene derecho». No tengo que vivir defendiéndome constantemente de posibles ataques. Ese mensaje me parece mucho más interesante que limitarse a decir: «Ten cuidado». Dicho esto, a mi hija le digo: «Ten cuidado». Y a mi hijo le digo: «Cuídalas». Es una putada, pero es así.
Images: Cortesía de Mediaset.
